“Al comienzo de nuestra vida nuestra conciencia se halla tan abierta y somos tan vulnerables, que no tenemos más alternativa que protegernos con la máscara de la personalidad”
Todos los seres humanos llegamos a nuestra existencia en condición de absoluta dependencia de un otro, que nos cuide y permita que sigamos viviendo. Es entonces cuando nos vemos enfrentados a la posibilidad de la no existencia, sintiéndonos en la necesidad de protegernos de esta amenaza, desarrollando en esta primera instancia la ilusión de estar separados de todo lo demás, la ilusión de la diferencia.
Personalmente, al indagar en la construcción de mi propia identidad, logré reconocer que el principal dolor del que necesité protegerme, fue de la sensación de desamparo ante una madre sobrepasada por las exigencias que le imponía mi cuidado. Creo que en este momento comencé a diferenciarme y separarme del entorno que me rodeaba, sintiendo la incomodidad de la autoconsciencia, que se acompañaba por supuesto, de la necesidad de aferrarme más fuertemente a la ilusión de mí misma. Así, fui completando el primer skandha, pues ante esta sensación de desamparo, y ya reconociendo al “otro”, fui desarrollando la estrategia de “no molestar”, lo que se tradujo en comenzar a desarrollar un mecanismo de defensa que me permitiera proteger la ilusión de mi propia individualidad, lo cual de acuerdo a lo que señala el segundo skandha, se constituye de nuestras sensaciones, pues al sentirlas mantenemos la ilusión de que sentimos algo externo y, por lo tanto, existimos.
Sin embargo, yo necesitaba dejar de expresar mis necesidades, de modo que aunque se me hicieran evidentes las sensaciones agradables, desagradables e indiferentes, desde esta existencia “sensorial”, me enfrentaba al desafío de esforzarme por pasar desapercibida y ser lo menos “carga” posible, en el afán de mantener mi estrategia defensiva.
Para lograr este objetivo, comencé a guardar e inhibir mis emociones, de manera que mi percepción se fue constituyendo en un mecanismo que automáticamente reaccionaba de forma aversiva a mis sensaciones, de modo que éstas ya prácticamente no pasaban por mi conciencia. Me distancié significativamente de mi misma, manteniendo las sensaciones sólo a nivel de mi cuerpo, como si éste no fuera también parte de mí, comencé a somatizar. Pero este mecanismo, cada vez más complejo fue el que me permitió el engaño absoluto respecto de mi propia ilusión, ya que así pude desarrollar la capacidad de racionalizar cada uno de los eventos a los que me veía enfrentada en el cotidiano, construyendo miles y miles de categorías distintas, que a su vez fueron definiendo la personalidad con la que me he ido identificando a lo largo de mi historia. Convirtiéndome en una persona complaciente, poco consciente de mis emociones, sobre todo las más dolorosas como la rabia o la pena; privilegiando muchas veces el bienestar de los otros por sobre el mío, entregando mucho de mí, con la esperanza de evitar la sensación de desamparo que me provoca la posibilidad de sentirme rechazada por otro. Sin embargo, esto mismo fue lo que me permitió desarrollar la capacidad empática y el interés por lo social, que desemboca en que haya decidido estudiar psicología y trabajar en el área de protección social.
Si bien, este proceso ha tenido altísimos costos, sobre todo en mi vida actual, no podemos ignorar que ha sido funcional y protector, resultando fascinante que esta experiencia dolorosa y angustiante sea la que me haya permitido desplegar los recursos necesarios no sólo para mi propia sobrevivencia, sino también para la auto superación.
Más interesante aún, resulta observar que este proceso de construcción de identidad que se inicia a partir de la ruptura con la totalidad y la necesidad de la aparición del ego, se desarrolla en cada ser humano, una vez que se enfrenta al dolor. Podría plantearse entonces, que la necesidad de generar, como seres humanos en el inicio de su desarrollo, mecanismos defensivos que nos permitan favorecer el proceso de cuidado y atención de nuestras figuras de apego hacia nosotros y, permitir así nuestra sobrevivencia, podría estar dada epigenéticamente como plantea Sheldrake, por la historia de la humanidad que habría guardado este proceso en su memoria arquetípica, generando campos mórficos de manera que a cada nuevo ser humano, se le facilite la tarea de generar su propio mecanismo de defensa para proteger su vulnerabilidad de un posible rechazo, considerando entonces dicho proceso como algo favorable y necesario para la permanencia de la especie. De este modo, este proceso aparentemente intuitivo y profundamente personal, guardaría relación más bien con la sabiduría que toda la humanidad e incluso el universo mismo, ha rescatado de su propia historia, como un camino más eficiente de evolución.
Ahora bien, es evidente que todos los seres humanos desarrollan en su temprana infancia mecanismos defensivos, constituyendo su personalidad, sin embargo considerando que todos accedemos a esta “intuición” gracias a campos mórficos que concertan la información de toda la humanidad, ¿cómo se explicaría que cada persona desarrolle un mecanismo diferente?. Sheldrake señala que los campos mórficos generan una influencia acumulativa, de manera que mientras más se repita un patrón, la influencia de éste será más intensa sobre las especies que se vean afectadas por éste a futuro, lo que nos permite pensar que el campo mórfico del contexto familiar cercano en el que nos desenvolvemos, influye mucho más directamente en nuestro desarrollo, tendiendo a mantener presente el estilo relacional de nuestra familia y restringiendo, por lo tanto, la gama de posibles mecanismos a los que podremos recurrir.
A partir de esta concepción, es posible plantear que todo el desarrollo del ego, tal como lo propone la psicología budista, estaría no sólo influenciado, sino que en parte determinado por los campos mórficos construidos por cada sociedad, de manera que la forma como vamos desarrollando nuestra “ignorancia”, sensaciones, percepción, categorizaciones e identidad, estaría absolutamente relacionada con el proceso equivalente que vivieron nuestros antepasados. Es decir, que mi temor al desamparo, probablemente sea arquetípico y su origen se encuentre en el dolor original que sufrieron mis ancestros más lejanos.
Pero la transmisión de esta sabiduría no es sólo vertical, sino horizontal, de modo que los nuevos mecanismos que puedan estar apareciendo en otras partes del mundo y generando a su vez campos mórficos, inevitablemente están afectando los caminos que yo puedo tomar. Esto nos lleva a tomar conciencia definitivamente de que la identidad a la que nos aferramos con tanta fuerza, no es más que una alucinación colectiva y sólo una dentro de un mundo de posibilidades infinitas, la que además podríamos llegar a concebir más bien como una gran herramienta que facilite nuestra relación con la totalidad y no como una prisión que determine el “yo soy”.
Una vez conscientes del camino que hemos recorrido, influenciados tanto por nuestro pasado como por nuestros contemporáneos, para sentirnos seguros ante la ruptura que nos genera la desconexión con el todo, y luego de cuestionar lo que considerábamos más cierto, nuestra identidad; no nos queda más que iniciar un proceso de aceptación de nuestra historia junto con la de toda la humanidad, para lograr por fin, volver a conectarnos con el universo.
No hay comentarios:
Publicar un comentario